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La vida sublime | Daniel V. Villamediana. España, 2010.


Aunque tiene un buen punto de partida, una sinopsis interesante  y cuenta, además, con una buena fotografía, La vida sublime acaba por no llegar a ninguna parte. Puede que tampoco sea el tipo de filme que busque un destino, pero acaba deshaciéndose en ese viaje por el pasado familiar que se torna obsesivo hasta el punto de que, en la media hora final, nuestro protagonista parece verse poseído por su abuelo estableciendo una especie de mitomanía o de heroísmo en exceso recargado. La película sufre un problema muy común: en su propuesta teórica es buena, pero en la práctica no lo es tanto. Por otra parte, el sublime aparece forzado, ya que en vez de mostrarlo se hacen alusiones a lo que es sublime. Un buen ejemplo son los planos del personaje de espaldas, emulando el estilo de Friedrich, o las alusiones al peligro. Cabe admirar, no obstante, el amor que emana por el cine (referencias a Erice, incluidas) y el cariño por la familia, aunque el conjunto finalmente no acabe de funcionar. Dejando de lado su visión sobre Andalucía, un tanto tópica, lo que acaba por hacer que la película sea irregular es la lectura de la carta a su abuelo, y es que como dice Pepe, el gaditano: «cuando el arte se busca, no te sale; en cambio, cuando uno simplemente hace las cosas…, sale por todos lados». Con esta frase la película se desmonta a sí misma.


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